Comprar zapatos o la pobreza del consumista tercermundista

Mis pies dejaron de crecer en el número 34. Los zapatos para adultos que vendían en Bogotá en los años 80 empezaban en la talla 35, así que siempre me tocaba escoger los menos gigantes y ponerles algodón en la punta, plantillas y usar doble media. Las medias también eran escasas. Las que me gustaban eran de mi papá (talla 42) y casi todas tenían huecos. Eran blancas y gruesas como de tenista. El grosor ayudaba a que los pies no bailaran tanto dentro del zapato y me parecía que el caucho ancho se veía bien. Pero al quitármelas, liberando los pies del yugo de los zapatos amortiguado por las medias, éstas salían con la forma del espacio del zapato que rellenaban, temporalmente amalgamadas por el sudor de los pies y la presión del día. Quitarse los zapatos era un placer impregnado de vergüenza.

Amansar el cuero con alcohol, untar de griffin los tenis para blanquearlos y la sangre en los tobillos en la primera semana de uso son otras de las cosas que han desaparecido con la amplia oferta de zapatos que hay ahora. Había, sin embargo, algo bonito en el hecho de tener un solo par de zapatos:  eran posesiones preciosas y amadas, aún si tocaba reconocer que uno se había equivocado al escogerlos. Muchas veces dolían los pies y un material muy duro obligaba a cambiar la postura y ajustar el caminado. Se llevaban con dignidad, porque ponerse zapatos era además una señal inequívoca de estar afuera de la casa, en el mundo con otras personas.

Al igual que con el  resto de la ropa, comprar zapatos generaba una gran excitación. Los de moda no se conseguían en Garvi, Bosi ni en Santorini. Eran de marca Bass, de cuero blando color café, de cordones café con amarillo que se amarraban con una especie de oruga en las puntas y una marquilla verde tan emblemática como la de Benetton, que tampoco existía en el país. Con el saco rosado amarrado sobre los hombros constituía el uniforme de los gomelos. Todos en ese colegio clase media queríamos parecer gomelos, vaya uno a saber por qué. ¿Para compensar acaso el hecho de ser una institución pública, así quedara tan cerca a Unicentro? Los jeans tenían que ser Levi's o Girbaud. La tula Benetton, el morral Jansport verde con gamuza, el pelo liso, lástima que no sea rubio. Tantos complejos.

De Japón con escala en Estados Unidos nos traían cosas:  camisas de The Gap, chaquetas de Benetton, tennis Reebok, impermeables Goretex y una milagrosa vez los zapatos Bass. Pero el modelo era diferente:  eran mocasines duros, elegantes, que ni siquiera tenían la marquilla por fuera. Eran inútiles. ¿De qué servía tener los zapatos de la marca correcta si nadie lo sabría? en un segundo viaje logramos tenerlos, cuando ya los vendían en San Andresito. ¿De qué servía tener los zapatos de moda que ya tienen todos los ñeros?