Venía escuchando "El resto del secreto" en el trancón, y, al terminarse el cuento, en vez de poner otra voz o alguna música, me quedé en silencio, como permitiendo que las palabras penetraran mis huesos y se quedaran ahí, vibrando con su belleza, para que me acompañen siempre. Devoré con hambre los cuentos de Alejandra Kamiya, como se devora uno un sabor que añoraba, una textura que sorprende y satisface, y a la vez lo deja a uno con más hambre. Escuché las entrevistas, leí las reseñas, y llegué finalmente a su voz, suave y pausada, leyendo sus propios cuentos, y ahí me quedé. Al llegar a mi destino y bajarme del carro entendí la dicha, reconocí la rarísima felicidad de encontrar una escritura así. Dénse ustedes, que pueden, la alegría de leer por primera vez a Alejandra Kamiya. Yo los espero del otro lado, para que juntos nos felicitemos por estar vivos, tener ojos, poder leer, encontrarnos con esta enorme enorme escritora. Luego no digan que nadie les dijo.